Cuento de una Navidad
“Jesús jamás nació a las doce”
En mi familia, la Navidad nunca es una cena más de fin de año, es el
evento del año. Desde lo que yo sé, Nochebuena siempre se festejó a lo grande.
Durante años fue en la casa de Granny y Grandpa, mis bisabuelos. La familia es
tan grande que nunca sabemos exactamente cuántos vamos a ser cada diciembre.
Sin embargo, de alguna manera, siempre entramos todos. Granny y Grandpa
tuvieron siete hijos y, entre parejas, nietos, bisnietos y amigos, cada Navidad
parece una fiesta multitudinaria. Hay que cocinar como para alimentar a un
ejército y el que puede traer una mesa de plástico o un par de sillas extra lo
hace, porque nunca está de más.
La Navidad empieza cuando las tías vuelven de misa. Granny era muy
católica y creo que por eso la Navidad es un evento tan importante para la
familia. Incluso ahora, aunque mis primas y yo ya no vayamos a misa, seguimos
esperando a que mi abuela y mis tías vuelvan de la iglesia para estar todos
juntos. En 2019 pasamos la primera Navidad sin Granny y Grandpa. Mi abuela
organizó todo en su casa para que fuera igual de especial que siempre. Estaban
los siete hermanos, sus parejas, familiares de las parejas, sus hijos, sus
nietos, la familia de mi abuelo y, seguramente, alguna persona querida que
alguien había invitado. Desde el comedor llegaban risas, desde la cocina
discusiones sobre quién lavaba los platos (la única vez en el año que todos
quieren lavarlos) y desde el patio los gritos de los más chicos.
Yo estaba en el cuarto de los chiches con mis primos, jugando con los bebés.
Todavía no teníamos teléfono, entonces compartíamos más, corríamos por toda la
casa, armábamos juegos de mesa que nunca terminábamos, nos disfrazábamos y
salíamos al patio a jugar con las estrellitas que habíamos comprado en el
chino. Todos esperábamos que las tías volvieran de misa para estar completos.
Cerca de las ocho de la noche sonó el timbre. No necesité verla para saber
quién había llegado, enseguida reconocí la voz de Baby, su voz siempre llega
antes que ella. Mientras alguien le abre la puerta, ya se la escucha saludando
desde la entrada. Si habla fuerte, se ríe todavía más fuerte. Está un poco
sorda, lo que explica el volumen con el que emite cualquier tipo de sonido.
Pero a nadie le molesta. Al contrario, una Navidad sin escuchar a Baby desde
algún rincón de la casa no sería una Navidad de verdad. Esa noche estaba
especialmente contenta. Iba de mesa en mesa, preguntando por hijos, nietos y
bisnietos, más de chusma que de copada, y riéndose de sus propios chistes antes
de terminarlos. No hay persona que no la ame. Nada hacía pensar que, después de
más de setenta años, estaba a punto de descubrir algo que toda la familia sabía
menos ella.
Entre los gritos de Baby hablando hasta con las plantas, los chicos
corriendo y las anécdotas de Granny y Grandpa que inevitablemente siempre
alguien termina contando, la mesa se vuelve un caos hermoso de ruido y risas.
Siempre hay un tío que saca alguna historia, una receta o alguna locura de hace
treinta años. Y así, incluso los más chicos (que no llegamos a conocer a los
más viejitos) sentimos que los conocemos de memoria. La comida también ayudaba.
Sobre la mesa había vitel toné, arroz con atún, tartas de jamón y queso,
ensaladas, servilletas de papel que terminaban convirtiéndose en platos y una
mezcla de vasos en la que ya nadie sabía cuál era el suyo. Mis primas comían
tarta de jamón y queso con azúcar arriba. Nunca pude entender cómo les puede
gustar eso, pero para gustos están los colores y, parece que las tartas
también.
Sin embargo, el plato donde todos los gustos
coinciden es con el tabulé. Esa receta era completamente secreta de la familia.
Venía de la abuela Ita, la mamá de Grandpa, que había venido del Líbano a
comienzos del 1900 con un carácter de pocas pulgas y las recetas bajo llave.
Ita había tenido una vida muy dura, su marido
falleció cuando mi bisbuelo tenía apenas cinco años. En esa época, para una
mujer libanesa, que sin un hombre al lado, no era nadie, salir adelante con un
hijo chico era muy complejo. Por eso, Grandpa siempre la protegió mucho. Desde
los cinco años se convirtió en el hombre de la casa y empezó a trabajar desde
muy joven para ayudarla. Ese lazo hizo que Grandpa la cuidara y la tuviera en
un altar durante toda su vida. Cuando Granny conoció a Grandpa y se casaron,
tuvo que convivir con ella y cuidarla. Por más difícil que fuera el carácter de
Ita, Granny la cuidó siempre y se la tuvo que aguantar en silencio para
mantener la paz y respetar a su marido.
Las recetas eran el tesoro más preciado de Ita.
Con suerte se la paso a Grandpa, pero con la promesa de que jamas se la iba a
pasar a Granny. Durante años, Grandpa cuidó el secreto del tabulé como si fuera
oro, no le pasó la receta a ningún hijo ni a ningún nieto, por más que le
insistieran, ya que la abuela Ita de milagro se la había compartido antes de
morir.
Pero al final, en un acto de
favoritismo absoluto, la terminó heredando en secreto a mi papá. Grandpa lo
adoraba porque mi papá es profesor de educación física, escalador y aventurero,
básicamente, todo lo que a Grandpa le hubiera gustado ser en otra vida. Así que
el secreto árabe que le negó a sus propios hijos, se lo dio a su yerno
favorito. Gracias a eso, mi abuela pudo seguir preparando el tabulé. Era
nuestra forma de mantener a Grandpa sentado a la mesa con nosotros. Igualmente,
siempre que comemos algo con limón, nunca, pero nunca falta el comentario de
alguien recordándolo: "Le falta limón, papito". Daba igual si la
comida te hacía llorar por lo ácida que era, para Grandpa nunca era suficiente
limón, papito.
Para las once y media ya nos habíamos bajado casi toda la comida.
Algunos empezaban a levantar la mesa para traer el postre, otros preparan las
copas para el brindis y los más chicos corrían por la casa esperando que
llegara Papa Noel.
Fue entonces cuando Baby pasó junto al pesebre de mi abuela. Es enorme y
ocupa todo un mueble del comedor. Tiene ovejas dispersas por los costados y
unas lucecitas que iluminan toda la escena. María a la izquierda y José a la
derecha observaban la cuna, acompañados por el burro y la vaca. Detrás de la
cuna, hay un ángel naranja, mientras que los Reyes Magos estaban a la
izquierda, pero no cerca de María, sino lejos, casi en la punta del mueble,
como si estuvieran viajando hacia el nacimiento. En el centro, sobre una
pequeña cuna de paja, estaba el espacio vacío donde debía aparecer el Niño
Jesús exactamente a las doce de la noche. Pero alguien (no tenemos pruebas, pero
tampoco dudas de que fue mi primo menor Ezequiel) decidió que Jesús iba a nacer
el veinticuatro a eso de las once y media de la noche.
Baby se quedó mirando el pesebre y después de unos segundos soltó una
carcajada.
—¡Ja! ¿Quién puso al niñito Jesús antes de las doce? Nació prematuro,
como yo.
Se tentó sola de su propio chiste con su risa ensordecedora y se dio
vuelta para buscar complicidad con mi primito y le dijo, bien fuerte como para
que escuchara todo el barrio:
—Vos sabés que yo nací prematura, ¿no, Eze?
Entonces habló el tío Eduardo, el menor de los hermanos.
—Ay, Baby... ¿vos en serio pensás que naciste prematura?
—Sí. Si mamá y papá se casaron en noviembre del 46 —respondió Baby, como
si estuviera presentando una prueba irrefutable.
Jorge se quedó unos segundos en silencio, pero no los pudo sostener
mucho y se estalló de la risa.
—¡Mónica! —le gritó a mi abuela—. ¡Baby pensó toda su vida que nació
prematura!
La mesa entera empezó a reírse.
—Ay, Baby —dijo Miguel—. Pero si mamá siempre dijo que naciste gigante.
Pesabas cuatro kilos cien. ¿Cómo vas a ser prematura vos?
Baby lo miró entre confundida e indignada por lo que le estaban
diciendo.
—¿Y entonces? —dijo, pero fue interrumpida por mi abuelo. El esposo de
Mónica, desde la otra punta de la mesa, con los ojos llorosos de tanto reír le
dice:
—Y, Baby... te concibieron antes
del casamiento.
En ese
instante, a Baby quedo congelada, con cara de confundida y los ojos bien
abiertos, en su cabeza estaba atando todos los hilos. Era la primera vez que la
veía completamente seria, concentrada en silencio mientras la mesa seguía en
carcajadas. En su mente empezó a calcular las fechas del embarazo y del casamiento
en 1946, dándose cuenta del verdadero motivo de la historia familiar. Entendió
que el apuro de sus padres por casarse en noviembre no había sido una decisión
espontánea, sino la única alternativa para disimular el embarazo antes de que
la panza fuera evidente. Toda la farsa del nacimiento "prematuro" se
había hecho para ocultar que la concepción había ocurrido antes de pasar por el
altar.
Conociendo el carácter estricto y el
conservadurismo de la abuela Ita, admitir la verdad en los años cuarenta habría
desatado un escándalo imperdonable. Por eso, para proteger a sus padres y
mantener la tranquilidad de la casa, toda la familia directa acordó sostener la
mentira piadosa de que Baby simplemente se había adelantado. Baby abrió los ojos sorprendida y con
cara de espanto.
—No te lo puedo creer. —Miró a mi abuela—. No Moni, me están jodiendo ¿O
no?
—No, Baby —dijo mi abuela.
—No. No puede ser.
Mis tíos, que serían sus sobrinos, aprovecharon la oportunidad
enseguida.
—¡Son pecadores, Baby! ¡Sos fruto de un pecado!
Baby estaba horrorizada. Miraba a uno y a otro buscando que alguien le
dijera que era todo mentira, que todo esto era un chiste.
—Que se lo haya creído la abuela Ita, bueno... ¿pero vos, Baby? —le dijo
Mónica entre risas.
—¡Y menos mal que se lo creyó Ita! —contestó Baby—. Pobre mamá.
Resulta que el "nacimiento prematuro" de cuatro kilos cien no
había sido un milagro, había sido la mentira piadosa armada exclusivamente para
que mi tatarabuela Ita no prendiera fuego el árbol de Navidad en los años
cuarenta.
Mientras tanto, en el medio del comedor, el Niño Jesús seguía en su cuna
de paja, media hora antes de tiempo y totalmente ajeno al escándalo. Baby miró
el pesebre por última vez, negó con la cabeza y, con esa esencia que tiene,
cerró la Navidad con la mejor frase de la noche:
—No puedo creer que, por primera vez en casi ochenta años, esté
empezando a sospechar que tal vez nunca naci prematura.
Y aunque quizás fue una noche rara para Baby, no solo nos dejó una
anécdota divertida de contar, como todo lo que está relacionado con ella, sino
también una nueva tradición, poner al niñito Jesús media hora antes de lo
correspondido en el pesebre, para recordar esa noche con chistes y risas.
Comentarios
Publicar un comentario