Cuento - Sueño

La casa estaba igual que siempre: la televisión prendida en el canal América, con el volumen un poco más alto de lo necesario, y mi nona sentada en su sillón, como siempre, tejiendo. No me sorprendió verla. Me acerqué rápido y me senté a su lado.

Le pregunté si quería una chocolatada. No me respondió, pero no hacía falta. Fui a la cocina y la preparé con dos vainillas, como siempre me pedía. Cuando volví al sillón, ya no estaba.

La encontré en su habitación, doblando los saquitos de lana que nos hacía a mí y a mis primas, ella no me miraba. Luego se fue a la mesa del comedor a tomar la medicación, como todos los mediodías. Me senté con ella y agarré una mandarina, la pelé despacio, con mucho cuidado, sacando cada hilo blanco que tenía, como solíamos hacer siempre. Cuando levanté la vista para dársela, ya se había levantado.

La seguí. Iba de un lado de la casa al otro, sin apuro, como si tuviera algo que hacer en cada rincón. Yo iba atrás, tratando de alcanzarla para poder compartir algo con ella, cualquier cosa, pero cada vez que me acercaba, ya estaba en otro lado.

En un momento salió de la casa. Fui a ver a dónde iba, estaba en el jardín, mirando sus flores, las mismas que trece años atrás yo le arrancaba mientras ella se divertía viendo cómo hacía macanas para después retarme en chiste.

¿Te acordás cuando te las rompía? le dije, esperando a que me responda con una risa, o algún chiste diciendo que era terrible de chiquita.

Levanté la mirada para verla y no estaba. Miré la puerta de la casa, estaba abierta, entré. La casa estaba igual que siempre: la televisión prendida en el canal América, el volumen un poco más alto de lo necesario, pero el sillón… estaba vacío.

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