Cuento - Secreto
Dos niñas pasaban las tardes en casa de su abuela jugando a ser grandes.
Se metían en su
cuarto sin permiso y salían vestidas con tacos altos, vestidos que arrastraban
por el piso, hebillas mal puestas y maquillaje corrido. Se sentían princesas,
aunque, en realidad, parecían payasos. Cuando salían a la pasarela (el pasillo
de la casa), sus tacos no hacían un “toc, toc” elegante y satisfactorio. Era un
ruido más torpe, más arrastrado, como si en vez de pasos fueran tropezones.
Pero ellas igual caminaban como si estuvieran en un desfile.
Así eran las
tardes. Hasta que un día, Lupe salió con un vestido hermoso. Se le caía de los
hombros, pero lo sostenía como podía. Estaba pintada como una pepona y llevaba
un peinado que le había hecho Juana (que, como siempre, después tenían que
estar horas desenredando). Y, además, tenía puestos los únicos tacos que la
abuela no dejaba usar.
Caminaba. O eso
intentaba; su pie no llegaba ni a la mitad del taco, quedaba escondido al
principio y por dentro bailaba. Lo disimulaba bastante bien, pero… se le cayó
una manga del vestido y quiso acomodarla. Soltó la falda, se la pisó, el pie se
le dobló, el cuerpo se le enredó y cayó al piso. Esta vez sonó un “toc” limpio.
Pero no fue un paso, el taco se había roto.
Eso no fue lo peor,
sino que ese fue un desfile con público y la invitada especial era la abuela.
No se enojó, pero al otro día, cuando fueron a la habitación para disfrazarse,
se encontraron con la parte del placar de la abuela vacía. Cuando preguntaron,
la abuela les dijo que los había guardado. Nada más. No se enojó, no explicó,
no negoció. Solo los sacó de su alcance.
Sin los tacos,
tuvieron que buscar otras cosas para entretenerse. Entonces la casa se
transformó en un castillo antiguo; ahora preparaban el té para el rey y la
reina (los abuelos) y buscaban los pasadizos secretos, como todos los castillos
tienen. Obviamente buscaban en una pared de ladrillos. Estaban seguras de que
uno de esos ladrillos era la manija de una puerta secreta. El problema era que
había demasiados.
Empezaron por los
de abajo, uno por uno. Todos iguales. Todos duros; les tomó muchos días. Y
faltaban los de arriba, pero no llegaban a tocarlos. Cada vez que la abuela las
veía cerca de los ladrillos, les decía lo mismo:
—¿Qué buscan? No
hay ningún pasadizo ni cuarto secreto, chicas.
Pero eso las
motivaba más a buscarlo, porque eran muy tercas. Un día, casi rendidas porque
no encontraban la manera de alcanzar esos ladrillos, encontraron unos tacos
tirados justo al lado de la pared. Se ve que a la abuela se le olvidó
guardarlos bien. No lo pensaron mucho. Juana se los puso; le quedaban enormes,
pero servían. Lupe se subió a caballito y tocó el primer ladrillo que pudo, y
se hundió. No hizo ruido. No se rompió. Simplemente se hundió.
La pared entera se
dio vuelta, como si fuera una puerta giratoria de un hotel caro. Y no les dio
tiempo a reaccionar. Las empujó hacia adentro y cayeron en un vestidor donde
había una señora sentada en un banquito frente a un tocador; estaba
maquillándose. Tenía pelo rubio, se la veía muy coqueta, en bata y descalza,
con las uñas de los pies pintadas de bordó. Era su abuela; parecía que se
estuviera por ir a algún evento importante, no necesariamente elegante, porque
ella siempre va muy arreglada a todos lados.
Miraron alrededor
en silencio y ahí estaba; era todo lo que había desaparecido: vestidos, cajas,
zapatos, maquillaje. Todo ordenado muy prolijamente.
—¿Qué hacen acá?
—preguntó la abuela, enojada. Las niñas saltaron del susto.
—Me sacan la
paciencia —dijo, cansada. Y las llevó de vuelta al pasillo, cerró la pared (o
la puerta) como si nada. Antes de irse, se agachó un poco y les dijo en voz más
baja:
—Por favor, no
vuelvan a entrar… y no le cuenten a sus primos.
Se miraron y, sin
decir nada, asintieron. Ese día algo las unió, ahora eran cómplices. Guardaron
el secreto con la misma prolijidad con la que ella ordenaba sus cosas, como si
decirlo en voz alta pudiera romper algo entre ellas tres.
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